Rosana regresa al Auditorio Nacional con 30 años de historias.

Hay conciertos a los que uno llega dispuesto a escuchar canciones y termina saliendo con la sensación de haber recorrido una parte de su propia historia. Eso fue exactamente lo que ocurrió anoche en el Auditorio Nacional, cuando Rosana apareció en el escenario ante un público que, en su mayoría, ha acompañado sus canciones durante más de tres décadas. Cada acorde parecía abrir la puerta a recuerdos, emociones y momentos que han quedado grabados en la memoria de varias generaciones.

Las luces bajaron y durante unos minutos el recinto quedó suspendido en esa oscuridad que precede a los grandes encuentros, entonces sonaron los primeros acordes de “Si tú no estás aquí” e inmediatamente miles de voces reconocieron la canción, incluso antes de que Rosana apareciera con sus músicos sobre el escenario.

Después de esta emotiva antesala, la música tomó forma con “Sin miedo” y el escenario comenzó a llenarse de memoria y nostalgia, pero no de aquella nostalgia que mira al pasado con tristeza, sino de una mucho más extraña, la que nos hace descubrir que una canción que escuchamos hace veinte o treinta años todavía puede encontrar lugares nuevos dentro de nosotros.

Rosana celebró los 30 años de Lunas Rotas, el disco que en 1996 marcó una de las etapas más importantes de su carrera, pero anoche no se trataba simplemente de volver a los noventa; se trataba de comprobar qué queda de nosotros en aquello que alguna vez cantamos.

Entre el público había quienes conocían cada verso sin necesidad de mirar el escenario, quienes anticipaban los estribillos, habían parejas que se abrazaban y teléfonos levantados guardando fragmentos de una noche que, para muchos, significaba algo más que un concierto, pero también estaba en Rosana, que parecía disfrutar esa complicidad, caminaba descalza por todo el escenario, se acercaba a las primeras filas, conversaba con la gente y dejaba que fueran sus propias voces las que tomaran algunas de las canciones.

Incluso los pequeños accidentes terminaron formando parte de la memoria, la cantante bromeó con quienes llegaron tarde y jugó a despedirse cuando una pareja entró al Auditorio con el espectáculo ya comenzado, las risas rompieron por un instante la solemnidad del recinto y dejaron una sensación curiosa, el enorme Auditorio Nacional parecía convertirse en una habitación donde miles de personas compartían una historia que conocían de memoria.

Y fue hacia el final cuando esa cercanía alcanzó su punto más alto, Rosana bajó del escenario y se internó entre las butacas para cantar un medley de “Si tú no estás aquí”, “Contigo”, “El talismán” y “A fuego lento”, no hubo necesidad de presentar cada tema; bastaban los primeros acordes para que el público completara las letras, la artista caminó entre sus seguidores, los saludó, cantó a pocos centímetros de ellos y, por unos minutos, la distancia entre escenario y butacas dejó de existir.

En “A fuego lento”, la energía terminó de desbordarse, ya de regreso en el escenario, dejó buena parte de la canción en manos de quienes habían ido a escucharla, pero que terminaron cantándole a ella.

Después llegó “Pa’ ti no estoy” y todavía quedaban dos canciones para despedirse, con ellas, Rosana puso punto final a una noche construida sobre tres décadas de música, pero también sobre algo mucho más difícil de conseguir, la capacidad de una canción para permanecer mientras todo lo demás cambia.

Rosana se despidió agradeciendo al público por haberla acompañado durante todos estos años y quizá ahí estuvo la verdadera dimensión de la noche porque no eran únicamente treinta años de carrera, sino treinta años de vidas que cambiaron mientras sus canciones permanecían.